A 40 años del primer ‘Gudari Eguna’ (de ETA)

eta-terrorismo-tribunas_158495523_17392135_1706x1280Con motivo del 40 aniversario del primer Gudari Eguna de ETA, El Español me pública este artículo.

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Jornadas de homenaje a Mario Onaindia (Zarauz)

zarautz-20161030-1

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Luis Roca reseña “La voluntad del gudari” en la revista “El Viejo Topo”

Portada
El autor del libro es un brillante y riguroso historiador vasco que ha tenido el valor de enfrentarse sin concesiones al pasado inmediato del País Vasco y al fenómeno del terrorismo de ETA. Este análisis le ha llevado, por supuesto, a cuestionar el relato histórico distorsionado que se han montado los nacionalistas desde hace décadas. Pero también a explicar el terrorismo de ETA como una decisión de sus dirigentes y no como una consecuencia de unas determinadas condiciones históricas. Esto quiere decir que es ETA la responsable de sus víctimas y no se puede desplazar la responsabilidad hacia la intransigencia y la represión del Estado español.
Gaizka Fernández Soldevilla inició ya hace unos años sus investigaciones con un análisis muy preciso sobre la historia de Euskadiko Ezquerra y lo abordó ya directamente con el trabajo conjunto con Raúl López Romo, que se publicó en forma de libro, como el anterior, con el título de “Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical ( 1958-2011)”. El libro que nos ocupa tiene como objetivo profundizar en los orígenes de ETA. Esto, sobre todo, en dos sentidos. Por un lado, para ver sus antecedentes y por otro para defender la hipótesis de que aunque haya una explicación multicausal para entender la aparición y desarrollo de ETA, lo determinante es la decisión de su cúpula de matar para conseguir sus objetivos.
En el primer aspecto podemos entrar en la estructura triádica de la retórica nacionalista : A) Pasado glorioso ; B) Presente de decadencia; C) Futuro utópico. El punto de partida es la narrativa aranista basada en la existencia de unos supuestos Estados vascos independientes que por la conquista se convierten en provincias españolas y que deben luchar por una Euzkadi independiente de raza y religión pura. Este relato distorsionado y absolutamente reaccionario lo transformará ETA a partir la influencia marxista y de los movimientos de liberación tercermundista ,que le llevará a reivindicar la emancipación del Pueblo trabajador vasco en un Euzkadi independiente, socialista y reunificado con la anexión de sus territorios limítrofes. Tenemos ya aquí todo el imaginario bélico y la mitología que mata, es decir que la que considerará justa y necesaria la lucha armada contra los enemigos del pueblo trabajador vasco. Tenemos entonces un relato derivado : un pueblo vasco independiente en sus orígenes que pasará a ser una colonia española llamada Vascongadas y que debe ir hacia una Euzkadi independiente y socialista. Hay un capítulo fundamental que explica todo el proceso por el que pasa el nacionalismo vasco radical desde 1921 hasta 1978. Desde los llamados mendigoxales (“soldados de la patria”) de finales de los años 20 hasta la apología de la violencia de ETA pasando por la glorificación del gudari en la guerra civil. Aquí empieza todo el discurso en torno a la figura del traidor considerado enemigo del pueblo trabajador y que hay que eliminar.
Hay un análisis de las circunstancias que dieron lugar a la aparición de ETA : dictadura ultranacionalista española, agonía del euskera, llegada masiva de inmigrantes, choque intergeneracional y distancia de los jóvenes nacionalistas con el viejo PNV, espejismo tercermundista… Pero esto fueron elementos condicionantes, no determinantes. La determinación estuvo en la contingente decisión de matar: “todo podía haber sido de otra manera” si se hubiera tomado otra decisión que la de matar.
Me parece que este libro imprescindible para examinar la deriva del nacionalismo radical vasco, que decidió matar como arma política en una lógica terrible que devastó a la sociedad vasca y que debe asumir todas las responsabilidades de las consecuencias de esta decisión. Pero no solo la suya sino también las de los que lo apoyaron y la de muchos silencios y complicidades. Vale la pena leer hoy este libro por varias razones. En primer lugar porque no nos podemos permitir diluir las responsabilidades de los que han matado de manera sistemática durante tanto tiempo. Hay unos verdugos y unas víctimas y hay que decir claro y en voz alta quienes son. En segundo lugar porque estamos viviendo en Cataluña la construcción de un relato similar al que se forjó en los sectores nacionalistas vascos. En tercer lugar porque es necesario una autocrítica de la izquierda española por una postura tibia o justificatoria hacia ETA. Gaizka Fernández Soldevilla, con un estilo claro que es perfectamente compatible con el rigor, nos permite entender mucho mejor cual es la auténtica responsabilidad total de ETA en sus actos terroristas y violentos.
Luis Roca Jusmet

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Teo Uriarte’s Story

Radicalisation Awareness Network (Red para la Prevención de la Radicalización), RAN, desarrolla durante este mes de septiembre una campaña para prevenir la radicalización entre los europeos más jóvenes, sobre todo los menores de 25 años, los más vulnerables al extremismo violento como salida en la sociedad y la política.
El Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo participa en la campaña de la RAN aportando el testimonio de Teo Uriarte miembro de ETA durante el Franquismo y condenado a dos penas de muerte por un tribunal militar en el Proceso de Burgos, en 1970. Uriarte se acogió en 1977 a la amnistía a los presos políticos de la dictadura franquista y apostó por las vías democráticas desde Euskadiko Ezkerra, formación política nacida de la rama político-militar de ETA. Uriarte es un ejemplo de ruptura con un pasado violento y de posterior compromiso con las víctimas del terrorismo, hasta sufrir las amenazas y persecución de ETA.
Teo Uriarte cuenta que, con la llegada de la Democracia, se acogió a la citada amnistía. Según él, así “salió del odio” y optó por la democracia llegando a la conclusión de que la violencia política era inútil siempre: “Afortunadamente la democracia española me sedujo y de una manera bastante tranquila pude descubrir que lo más grande para el ser humano es la convivencia con otros seres humanos y que la política es el gran instrumento para llevar a cabo esa convivencia”.

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¿Una campaña electoral sin cultura?

 El Correo y El Diario Vasco
15 septiembre 2016

 PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADO 

Ningún partido vasco parece preocupado porque la centenaria Eusko Ikaskuntza esté en trance de desaparición, y con ella la Enciclopedia Auñamendi digital

Ahora que ya estamos metidos de lleno en campaña electoral para las inminentes autonómicas del 25-S, y cuando desde el nacionalismo se reivindica la especificidad de estas elecciones, para alejarlas todo lo posible de cualquier contaminación indeseable con lo que ocurra en el Estado, y cuando por otra parte, el no nacionalismo aspira a convertir esta cita en preámbulo de una nueva fase negociadora para conseguir el Gobierno en España, no vendría mal situar la cultura de nuestra comunidad en el justo medio, como único modo de entendernos a todos formando parte de ella, recordando su importancia, con sus dos idiomas y su singularidad, pero sin pretender aislarla ni tampoco darla por supuesta, menos aún cuando hay un motivo que debería convertirla en protagonista de esta campaña electoral.

Porque resulta que la institución cultural más paradigmática de la historia contemporánea vasca, la Sociedad de Estudios Vascos–Eusko Ikaskuntza (SEV-EI), surgida en 1918 en Oñati, a impulso exclusivamente autóctono, sin influencia exterior alguna, por la iniciativa de los llamados eúskaros, con su impronta inconfundible, vocacionalmente inclusiva, integrada por representantes de todas las fuerzas políticas y culturales vascas y bajo la presidencia de honor del rey Alfonso XIII, está ahora mismo en trance de desaparecer.

Ninguna fuerza política vasca se ha tomado la molestia de interesarse por su situación o de llamar la atención públicamente por lo que le pueda ocurrir a la SEV-EI. Parece que el hecho de haber sido la institución de la que surgió en 1931 el primer anteproyecto de Estatuto Vasco –ahora que estamos en vísperas de los 80 años del primer Estatuto, el de 1936– no tiene tampoco ningún significado. Por no hablar de que la Enciclopedia Auñamendi, en su versión digital, gestionada por dicha institución, ha dejado de recibir el sustento necesario para mantenerse viva, para cumplir su misión de ser instrumento de referencia imprescindible en cuanto a personajes, hechos, lugares, obras o ideas que conforman la cultura vasca de todos los tiempos.

Y por si fuera poca la trascendencia cultural de esta entidad, hay que recordar también que de su seno surge, en 1919, la iniciativa para fundar Euskaltzaindia, la Real Academia de la Lengua Vasca, a impulso de los mismos grandes personajes que fundaron la propia SEV-EI, como Urquijo, Azkue, Campión, Echegaray, Aguirre y tantos otros grandes titanes de la cultura vasca, reacios a cualquier forma de sectarismo.

Una institución que significa demasiado en la historia y la cultura vasca como para que nadie en solitario, sea una persona, un grupo de personas o un solo partido político, cargue sobre sus hombros con su futuro. Que algo así ocurriera, es decir, que una única visión política y cultural asumiera en solitario la tarea de garantizar el futuro de la SEV-EI, sería no ya un fracaso de la cultura vasca sino una verdadera traición al espíritu original de esta institución casi centenaria. Y lo mismo ocurre con el Diccionario Enciclopédico Auñamendi, digitalizado desde 2002 gracias a un convenio entre la Editorial Auñamendi y la SEV-EI, que supuso un verdadero hito para la cultura vasca, al tratarse de la segunda obra de estas características, tras la Enclopedia Británica, que pasaba al formato digital. Una Auñamendi digital que se queda ahora sin personal ni recursos para su mantenimiento: paralizada en su desarrollo, convertida en monumento histórico, sin capacidad ya para generar nuevos contenidos, para ilustrar a la sociedad vasca en paralelo a su desarrollo.

Quien mejor conoce tanto la historia de la SEVEI como de la Enciclopedia Auñamendi es, sin duda, Idoia Estornés Zubizarreta, con la que tengo la suerte y el privilegio –y también el placer, porque es una señora encantadora– de departir un buen rato todos los veranos, de unos años a esta parte, en San Juan de Luz (Donibane Lohitzun), villa marinera de Iparralde que guarda entre sus calles y edificios históricos, con su sencillez y originalidad inconfundiblemente vascas, gran parte de la historia de todos los exilios políticos y culturales vascos y españoles. Por Idoia conozco de primera mano las consecuencias que para la Auñamendi digital, que tanto significa para ella, ha supuesto la situación de quiebra técnica en la que se encuentra la SEV-EI.

La Enciclopedia Auñamendi fue fruto de una iniciativa familiar, la del padre de Idoia, Bernardo, y del tío Mariano –los hermanos Estornés Lasa–, y en la que la propia Idoia, andando los años, pasó de ser principal colaboradora y redactora a coordinadora y responsable, y que culminó con el Diccionario, completado en su versión en papel con sus 58 tomos y actualizado hasta 2008. El vínculo con la SEV-EI –que culminó al cabo del tiempo en el acuerdo de digitalización– arranca de mucho antes, cuando Bernardo Estornés era secretario de la misma, hecho que generó en el entorno de Idoia una sinergia cultural imposible de desaprovechar y que la llevó a redactar su tesis centrada en el desarrollo, en el seno de la SEV-EI, del primer proyecto de Estatuto Vasco de la historia, como quedó reflejado en una obra insuperable en muchos aspectos, publicada en 1990 con el título ‘La construcción de una nacionalidad vasca: el autonomismo de Eusko-Ikaskuntza (1918-1931)’.

Si no se entiende, y por todos los partidos sin distinción, que en una campaña electoral vasca la cultura debe ocupar un lugar destacado, y sobre todo cuando una institución centenaria como la SEV-EI está en trance de desaparición, y con ella la Auñamendi digital, entonces es que, definitivamente, nuestra sociedad no se merece el esfuerzo de algunos de sus más preclaros integrantes.

 

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Antonio Rivera: Señas de identidad. Izquierda obrera y nación en el País Vasco, 1880-1923

Aquí pueden descargarse este libro, ya clásico, del historiador Antonio Rivera

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Gaizka Fernández Soldevilla: “Yoyes (y su asesino)”, El Correo, 10-IX-2016

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Dolores González Katarain (Yoyes) fue la primera mujer que accedió a la dirección de ETA militar, siendo estrecha colaboradora de su principal líder, José Miguel Beñaran (Argala). Tras el asesinato de su mentor en 1978 a manos de un grupo parapolicial, se desvinculó de la banda terrorista y emigró a México, donde estudió, trabajó y formó una familia. En 1985 regresó a España, lo que fue publicitado por la prensa, aunque ella se negó a hacer declaraciones.

Eugenio Etxebeste (Antxon), dirigente de ETA refugiado en la República Dominicana, aseguró que, al conocer la noticia, había sentido «el pozo sin fondo donde había caído una persona que en vida se llamó Yoyes». Y es que «la vida sintética de la ‘Señora Dolores’ significa la muerte de la abertzale Yoyes». La primera, «el nuevo ser que come y respira», no era «más que un producto inanimado de la ciencia política imperialista». Su «máximo castigo habrá de llegarle si antes no actúa la violencia revolucionaria, el día en que su hijo le arroje a su propia cara el desprecio de su traición». El colectivo de presos de ETA la «juzgó» y condenó a muerte. No tardaron en aparecer pintadas amenazantes en las que se acusaba a Yoyes de ser «traidora» y «chivata».

En su diario Dolores González anotó las sensaciones que la embargaban en aquel momento: «…es una injusticia monstruosa la que hacen conmigo, ¡tengo un hijo!, quiero vivir, ¡lo tuve porque quería vivir!». Acto seguido retrataba moralmente a la sociedad vasca a la que había regresado. «Muchos son culpables de esta injusticia, ¡demasiados! Hay otros que no, pero son impotentes ante ella. Hay también mucho silencio cómplice. Mucho miedo en la gente ante todo, ante su propia libertad…». A pesar del ambiente hostil, rechazó la protección policial que se le había ofrecido.

El 10 de septiembre de 1986 Dolores González paseaba con su hijo de tres años y otro niño de corta edad por Ordizia, su localidad natal, que celebraba una feria. En la avenida del Gudari, al lado de unos tractores, los abordó Antonio López Ruiz (Kubati). «¿Tú eres Yoyes?», preguntó. Ella contestó afirmativamente. «¿Sabes quién soy yo?». «No», fue la respuesta de Dolores González. «Soy de ETA y vengo a ejecutarte», anunció Kubati antes de dispararle dos veces, hiriéndole en la pierna y en el tórax. Una vez en al suelo, el pistolero remató a Yoyes de un tiro en la cabeza. Tenía 32 años.

Pese a lo que entonces se dijo, Dolores González Katarain no se había acogido a la reinserción impulsada por el Gobierno, ya que no la necesitaba: carecía de causas pendientes gracias a Ley de amnistía de 1977, que había anulado todos los delitos de terrorismo anteriores a su aprobación. En realidad, al retornar de su voluntario exilio mejicano, Yoyes no hizo nada distinto de lo que desde 1976 habían hecho cientos de exintegrantes de la banda. Tampoco era cierto que, como le imputaban sus excompañeros, hubiese optado por «el peor de los caminos, el arrepentimiento, la traición y la colaboración política con los enemigos del pueblo vasco». No hubo tal colaboración. Se trataba de una simple excusa.

¿Cuál fue la auténtica motivación del atentado? Por un lado, dado el alto cargo que había ocupado en la organización, Yoyes era una figura simbólica de primer orden. En ese sentido, el dirigente de HB Iñaki Aldekoa justificó su asesinato aduciendo que «cualquier ejército del mundo en un estado de confrontación no puede permitirse que uno de sus jefes de Estado Mayor aparezca paseando por territorio ocupado por el ejército contrario». Entre otras cosas, porque demostraría que no había guerra alguna. Por otro lado, la cúpula etarra no le había dado permiso para volver a casa, por lo que su decisión fue interpretada como un desafío a la cadena de mando. Por último, la «ejecución» ejemplarizante de Yoyes suponía una clara advertencia a cualquier miembro de la banda que se plantease aceptar las medidas de reinserción que promovía el Gobierno de Felipe González. El terror aplicado a los propios terroristas abortó aquella vía, que ETA entendía como un peligro para su supervivencia orgánica.

Detenido en 1987, Kubati fue encontrado culpable de trece asesinatos y dieciséis atentados frustrados. Fue condenado a penas que sumaban 1.210 años de cárcel, pero, debido al fin de la doctrina Parot, volvió a la calle a finales de 2013. En abril de este año Kubati ha animado a los presos de la banda a «explorar todas las vías y espacios y acelerar los procesos para acortar los tiempos en todos los terrenos, recorriendo la vía judicial, explotando la legalidad penitenciara y acogiéndose a todos y todo orden de beneficios de los que el preso pueda servirse». Algo no muy diferente de lo que había hecho Yoyes cuando regresó a España. Ironías del destino, siguiendo la misma lógica que históricamente caracterizó a ETA, ahora son los grupúsculos de nostálgicos que se han escindido de la «izquierda abertzale» los que acusan de traición a Kubati y los suyos.

Gaizka Fernández Soldevilla desarrolla su labor en el Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. Es autor de La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA.

PS: Al día siguiente de publicar este artículo Kubati actuó como portavoz de una de las dos manifestaciones a favor de los presos de ETA que transcurrieron por San Sebastián. La otra era la de los nostálgicos. Pueden leerlo aquí.

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